EN DEFENSA DE JUAN PABLO DUARTE.

Por Melvin Matthews.

El Instituto Duartiano ha procedido correctamente al someter a la justicia al comunicador Álvaro Arvelo Hijo, alegadamente “por incurrir en la comisión de infracciones graves al hacer imputaciones que atacan de manera grosera la buena fama de la digna figura, la imagen, la memoria y el honor del padre de la patria y fundador de la Republica Dominicana, Juan Pablo Duarte.

Creo que cualquier pelafustán desfoga, defeca y se orina sobre Duarte, a quien Joaquín Balaguer inmortalizó como “El Cristo de la Libertad”, únicamente para alimentar su expandido ego profesional y engordar una fama ganada a expensas de vulgaridades, expresiones soeces, chantaje y extorsión, y vitriólicos ataques contra figuras e instituciones prominentes.

Tengo la impresión que la enfermedad cuasi terminal que afecta al colega radiofónico lo ha inhabilitado mentalmente para servir de orientador -de hecho, nunca ha desempeñado este rol dignamente- de la sociedad dominicana.

Decir que Duarte era cobarde y homosexual es una injuria de la peor calaña, condiciones jamas corroboradas por la gigantes bibliografía duartiana existente en nuestro país y el exterior. ¿Cómo puede tildarse de cobarde a quien fundó la sociedad La Trinitaria en la clandestinidad, seis años antes del grito de independencia? Además, el discriminatorio calificativo homosexual, utilizado de forma insultante, es un ataque artero e injustificado contra la colectividad gay y, en el caso del comunicador difamador, el probable enmascaramiento de una tormentosa condición personal insoportable, que lo ha perseguido permanentemente.

Tiene razón el instituto duartiano cuando asegura que el comentarista ¨profana el nombre del patricio y se abalanza contra su obra y su buen ejemplo, recurriendo a la vulgaridad y al empleo de un lenguaje soez, impropio de quien hace uso de un medio de comunicación social”,

Esas expresiones pestilentes hace rato debieron controlarse, sea por el dueño del programa radial que lo sustenta, o por las autoridades. Pero el primero saca pingües beneficios de tales inconductas y las autoridades prefieren la chercha cómplice con el afamado comunicador a cumplir el rol sancionador que demandan las leyes y las buenas costumbres.

La fama es un instrumento moral, el premio es la celebridad, el castigo el anonimato y los famosos -de políticos a estrellas musicales y deportistas- son los santos de la comunicación global, asegura Margarita Riviere, autora del renombrado texto La Fama, iconos de la religión mediática.

Creo, sin embargo, que nadie sobrevive a la popularidad injuriosa.

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